Marta
era una niña valiente y decidida; le gustaba jugar al fútbol,
correr, cazar ranas y descubrir nuevos lugares.
Sin
embargo Carlos, su hermano, era un niño tranquilo y sensible, al que
le gustaba leer, tocar la flauta y jugar con su perro.
Un
buen día Marta convence a Carlos para que vayan a descubrir una
cueva misteriosa que había cerca de su pueblo porque alguien le
había dicho que encontraría un gran tesoro escondido en ella.
A Carlos no le gustaba meterse en líos pero, después de hacerse de
rogar un poco, accede a acompañar a su hermana.
Cuando llegan a la cueva Marta entra primera, seguida de Carlos.
Dentro está muy oscuro y Carlos tropieza cayendo a un gran lago que
se extiende a sus pies. Marta se tira al lago para rescatar a su
hermano y cuando están saliendo del agua, por el otro extremo, se
encuentran a un duendecillo que les conduce a unas maravillosas
grutas, llenas de estalactitas y estalagmitas, iluminadas por rayos
de sol que se cuelan entre las rocas. A Carlos le encantan y cuando
se da cuenta de que hay eco empieza a tocar la flauta. A su son
comienzan a salir personajes fantásticos, duendes, magos, hadas,
haciendo todo tipo de trucos de ilusionismo.
Carlos
y Marta están maravillados y pasan allí toda la tarde sin darse
cuenta. El duendecillo les advierte de que deben irse pero que si son
capaces de salir sin ayuda de la cueva pueden volver a y disfrutar de
sus maravillas siempre que quieran, con la condición de que no se lo
cuenten a nadie. Es un gran secreto entre los tres.
Se
ha hecho de noche. La salida de la cueva está totalmente oscura como
boca de lobo. Los dos hermanos están asustados y temen caer de nuevo
en el lago.
Marta, que siempre va preparada para estas aventuras, recuerda que al
salir de casa cogió la linterna pequeña de su madre. Con ella guía
a Carlos hacia la salida de la cueva y logran salir sanos y salvos y
felices con su nuevo secreto. Volverán ¡Por supuesto qué volverán!
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